Me giré hacia la derecha, vi cajas vacías y máquinas estropeadas, por lo que supuse que era una fábrica.
Estaba amordazada y atada de pies y manos. En toda la fábrica había seis ventanas pequeñas por las cuales entraban nítidos rayos de luz de la luna.
Oí cómo alguien abría la puerta de la entrada, la cerraba, y empezaba a caminar hacia mí.
Venía por mi espalda, y no pude verle la cara. Él olía a jazmín. Puso su mano en mi hombro y noté cómo me inyectaba lentamente alguna sustancia con una jeringuilla en el cuello. Y cuando acabó, la sacó y se volvió para atrás.
Estaba entumecida. No notaba nada, ni mi peso contra el suelo.
Se puso delante mía y empezó a mirarme.
Era pálido, facciones duras y pelo negro. Tenía dos ojos grises inmensos con los que me intimidaba y parecía leer mi mente cuando me miraba.
Sonrió.
Se me empezó a borrar la vista y se me taparon los oídos. Caí inconsciente a sus pies.
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